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Cod: 11146
El Ocote, 4 Abril 1914 – Orizaba 9 Enero 2006

"Hay bajo el sol un momento para todo
y un tiempo para hacer cada cosa:
Tiempo para nacer, y tiempo para morir",
dice el Eclesiastés.
Estamos aquí reunidos para honrar y festejar la vida. Honrar y festejar la vida bien vivida por la tía Isabel. Casi 92 años de vida bien vivida. Porque la vida no es para sufrirla, ni para pensarla; es un regalo que se nos da para disfrutar y compartir. De esto nos dio un testimonio vibrante la tía Chabe, como le decíamos cariñosamente. No sólo nos indicaba con una antorcha en la mano por dónde es el camino para vivir la vida intensamente; lo hacía con su propio testimonio. No nos daba un ejemplo; simplemente, vivía.
"Corazón contento, rostro radiante;
El que tiene alegre el corazón
está siempre de fiesta.
Signo de un corazón contento es un rostro alegre"
¿Cómo no poder aplicar estas palabras del libro de los Proverbios a la vida de la Tía Chabe? Bastaba con verle la sonrisa en los labios. Y no porque su vida hubiese sido toda de color de rosa, como en las películas. También supo lo que es el sufrimiento. Como cuando tuvo carencias económicas o cuando murieron sus padres, sus demás hermanos y su esposo, el tío Juan. Pero al sufrimiento le entró de frente, no lo esquivó. Porque con el trabajo uno transforma la naturaleza y nos asemejamos a Dios que creo la vida; con el amor uno entra en contacto profundo con otro ser humano y experimentamos el placer de amar y de sentirnos amados; pero en el sufrimiento, uno entra en contacto profundo consigo mismo y se es transformado. “El que no ha pasado pruebas, poco sabe", se lee en el Eclesiastés. De esos episodios salió fortalecida y reafirmó su gusto por la vida y el convencimiento que en la vida hay sufrimiento, pero que no venimos a este mundo a sufrir, sino a gozar de la vida. Hay personas cristianas que viven el Viernes Santo, pero se instalan en él. Y hay quienes lo viven, pero también transitan hacia el Domingo de Resurrección y hacen una Pascua festiva. La Tía era una de éstas.
"Disfruta de la vida.
No te prives de pasarte un buen día.
No hay riqueza mejor que la salud del cuerpo,
ni placer superior que la alegría de vivir"
Su alegría de vivir era contagiante. Pocas personas mayores son
testimonio cristiano de la alegría de vivir como ella. El filósofo Alan
Watts dijo que “ningún gran artista cristiano ha pintado jamás a un
Cristo riéndose". Si la Tía hubiese sido pintora, lo habría hecho.
Bueno, lo hizo con su vida. Le dibujó la sonrisa a Cristo.
Como cuando realizó el viaje que tanto había deseado hacer en compañía
de su hermana la tía Rita, para conocer el pueblo de Soranzen (Belluno)
donde vivieron sus padres.
Desde el aeropuerto de México mostró cómo disfrutaba de ese viaje,
porque en lugar de permanecer sentada en una banca –tenía 84 años- fue
a pedir que se le enseñara cómo llenar los formularios “porque la
próxima vez voy a ir sola", dijo sonriendo.
Y cómo contemplaba con ojos emocionados las montañas de los Alpes, los
pueblitos; platicaba con los familiares y disfrutaba de la comida… y
del vino. Y, desde luego, quiso meter los pies en el arroyo donde su
mamá lavaba la ropa, el torrente Caorame, con el miedo de la tía Rita
de que se enfermara porque el agua de los Alpes estaba helada. Pero no
se enfermó. Y se metió hasta las pantorrillas. Y cómo lo disfrutó.
Era sin duda una persona mayor con un corazón y ojos de una niña
curiosa. “Ma ché dona!" (Pero… ¡qué mujer!), se expresaba con
admiración el primo Diego.
"Alegría del corazón y bienestar para todo ser, eso es el vino que se toma con moderación"
Sorprende citar aquí este texto del Eclesiástico. Es parte de la vida,
un regalo de la vida, y de lo que la tía Chabe disfrutó cuando tenía
oportunidad. Como en aquel restaurante de Colderú, en Lentiai donde
nació su papá, que no nos habíamos percatado de que no tenía vino en el
vaso. “Oiganme, oiganme no me han servido vino", reclamó como diciendo
con buen humor y una gran sonrisa “¿entonces, a qué vinieron?".
Una mujer de carácter, ¿dónde hallarla?
Es mucho más precioso que una perla (…)
Le tendió la mano al pobre,
la abrió para el indigente (…)
"¡Las mujeres valientes son incontables,
pero tú a todas has superado!"
¡Lo admirable en una dama es la sabiduría!
Reconózcanle el trabajo de sus manos:
un público homenaje merecen sus obras.
Termina con estas palabras el libro de la Sabiduría. Estamos aquí
honrando la vida que Dios le dio y lo que usted hizo con esa
oportunidad que tuvo, porque “la vida no es nada: es la oportunidad
para hacer algo", dice Hebbel.
La tía Chabe no construyó el puente de Metlac; no escribió libros, ni
dio clases, ni fundó una escuela. Formó una familia y escribió el libro
de su vida con testimonios vibrantes de generosidad, como cuando cuidó
por meses, siendo soltera, de mi madre y de su hijo pequeño en el
Rancho San Felipe cuando ella enfermó. Con testimonio de alegría de
vivir. Sonriente. Ernest Hemingway dice de su personaje principal en la
novela El viejo y el mar: “todo en él era viejo, excepto sus ojos".
Igualmente, los ojos de la Tía nunca envejecieron. Tampoco su corazón.
Fue bendecida por Dios con una familia. Sus hijos Maribel, Graciela,
Blas, Juan y Carmen son afortunados de haber tenido este testimonio de
vida tan cercano por tantos años. Lo mismo sus nietos y bisnietos.
"Cuando tú naciste tú llorabas y el mundo se regocijaba;
vive tu vida tan intensamente que, al momento de morir, el mundo llore y tú te regocijes",
dice un proverbio indio.
Cuando usted nació, Tía, el cuatro de abril 1914, muchos en el rancho
de la Purísima, en el Ocote, se alegraron, mientras usted lloraba dando
el primer respiro. Y apareció en esta vida para hacer el bien, y para
desparramar su alegría de vivir como se desparraman el polen y las
flores en los cafetales. Y los que estamos aquí, que la queremos -y
muchos que no pudieron venir- lloramos su vuelta a la Casa del Padre,
mientras usted entra en ella con una gran sonrisa en el rostro. En
realidad no entra: ya estaba usted en el paraíso porque lo vivió desde
la tierra.
Cuando murió la madre del filósofo San Agustín, consoló a su familia con estas palabras:
"No nos pongamos tristes por haberla perdido; alegrémonos por haberla tenido"
Igualmente nosotros: su familia cercana, su hermana la tía Rita, sus
sobrinos y demás familiares y amigos. Sí estamos tristes por haberla
perdido. Pero más contentos por haberla tenido y de haber disfrutado
cada quien a su manera de su agradable compañía y alegría de vida.
“La muerte al alejarnos de quien se lleva, nos enseña a acercarnos a
quienes deja", dicen en la India ante la muerte de un ser querido. Por
ello, que su memoria nos sirva de bendición. Una bendición para todos
que nos acerque más a nuestros seres queridos vivos.
Permítanos, Tía, sólo ofrecerle un reconocimiento caluroso a su vida
bien vivida y despedirla hacia la Casa del Padre con un fuerte aplauso.
Decargue tambien, versión en Italiano
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